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La vida atravesando los médanos

Recorren entre tres y seis kilómetros desde el barrio Norte, en los confines de Villa Gesell, rumbo a Cariló. Pero es un viaje distinto, sin asfalto, y casi sin camino. Aunque corto, el trayecto se vive con intensidad. Se trata de atravesar médanos desérticos, calcinantes, para recién después llegar a la playa, inmensa, con escasísimos veraneantes.

La playa se ofrece como pura inmensidad, rendida a los pies de unos pocos elegidos, los que se escapan de las multitudes. Llegan navegando en vehículos 4×4 que no se amilanan ante las dificultades que plantea el camino. En un punto cualquiera, a metros del mar, la camioneta se detiene, diminuta en esa vastedad de mar y médano.

Los visitantes bajan, se instalan y gozan de la soledad elegida, profunda, mano a mano con el ruido del mar, y las caricias, a veces rústicas, que produce el viento que sopla en costa atlántica argentina.

Roberto Hernández, Natalia Sabina y su hijo Joaquín llegaron el sábado a Villa Gesell desde Tunuyán, Mendoza. Viajaron con amigos, con su Toyota Hillux negra y con un cuatriciclo dispuestos a la aventura de atravesar los médanos.

“Vinimos el año pasado a Pinamar y nos encantó, pero nos quedamos con las ganas de andar por los médanos. Hace poco nos compramos la camioneta casi exclusivamente pensando en volver a los médanos para disfrutar este momento. Y aquí estamos”, dijeron sonrientes los dos jóvenes mendocinos.

Doble tracción. La camioneta de los Hernández es tan nueva que no tuvieron tiempo para aprender a manejar funciones básicas. “Nos pasó algo muy cómico, encaramos el médano y cuando estuvimos arriba resulta que no sabíamos como conectar la doble tracción. Entonces paramos, sacamos el manual hasta que entendimos cómo funcionaba todo, y así pudimos seguir”, explicó Roberto a La Capital, divertido.

Los Hernández se alojan en un apart hotel de la zona norte de Gesell, y la están descubriendo. “ Nos gusta Gesell, tiene más fuerza, espectáculos callejeros nocturnos, y toda la energía de los chicos jóvenes que copan la ciudad. Igual, preferimos venir a esta playa, bien lejos del ruido y a la noche nos metemos un poco en la movida”, explicaron estos mendocinos acostumbrados al espectáculo de la alta montaña pero enamorados de los médanos de la costa.

En otro punto cualquiera de la inmensidad de ese territorio límite entre los municipios de Gesell y Pinamar, descansa, silenciosa, la familia Ripoll, oriundos de Pergamino, provincia de Buenos Aires. Contemplan el mar, en silencio, resguardos por un toldo que se monta sobre su reluciente camioneta Grand Vitara gris metalizada.

Los Ripoll tienen una rutina. Vienen hasta este desierto encantador por la mañana, al medio día se vuelven a su casa en el norte de Gesell, almuerzan, duermen la siesta y luego regresan, montados en la Vitara, a la playa solitaria.

“Nos gusta así, tranquilo, lejos de la gente”, definió Norma, que toma la voz cantante del grupo. Los Ripoll la pasan juntos, sin ninguna estridencia, contemplando el mar, y de a ratos, tomando un poco de sol. Además se entretienen con un poco de lectura y no mucho más.

Con el mar, los médanos, el sol y la camioneta, guardiana principal, la vida transcurre sin complicaciones para los que llegan. A través de los médanos.
Fuente: lacapital.com.ar

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